Europa necesita desesperadamente derrochadores perezosos
El éxito económico de Alemania se debe en buena medida a que exporta más de lo que importa. ¿A quién le venderá ahora?
La crisis económica de Grecia es un regalo del cielo para el gobierno alemán. El país representa la distopía conservadora ideal de un gobierno irresponsable que financia un Estado de Bienestar supuestamente desbordado que no hace más que aumentar su deuda, en el que los trabajadores se jubilan mediados los cincuenta, los muertos siguen cobrando sus pensiones y los empleados públicos reciben incentivos si llegan puntuales al trabajo. Nada importa que, aparte excepciones, el gasto público en proporción al PIB sea menor en Grecia de lo que es en Alemania y que como media los griegos trabajen más horas que los alemanes y se jubilen sólo medio año antes que el alemán medio. Eso no impidió que se diera amplia difusión a estas historias en los medios informativos alemanes, reforzando la fábula moral de los laboriosos germanos de los que se aprovechan los perezosos meridionales. La fábula resulta conveniente porque desvía la atención de la responsabilidad de Alemania en las actuales tribulaciones económicas de la eurozona.
La fábula discurre así: mientras los griegos perdían el tiempo bebiendo ouzo en la playa, los alemanes ponían en práctica dolorosas reformas económicas. Desde luego, en la primera década del siglo Alemania desreguló sus mercados laborales, redujo los salarios reales para aumentar la competitividad, contrajo el sector público, recortó el derecho a recibir pensión e introdujo un límite al endeudamiento en la Constitución. Tras una década de sombrío crecimiento económico y riguroso apretarse el cinturón, Alemania ha sorteado con éxito la crisis económica global de 2008 casi sin perder empleo, ha crecido sólidamente desde entonces y registra hoy el desempleo más bajo desde 1991. Si los meridionales se hubieran limitado a seguir a Alemania, podría haberse evitado la crisis en su conjunto.
En realidad, la buena ejecutoria de Alemania en la crisis económica global de 2008, y después, apenas se debe al hecho de apretarse el cinturón sino a la adopción de un gran paquete fiscal expansivo en la crisis y a generosos subsidios del Estado a las empresas para salvaguardar el empleo. Que una estrategia tan pragmática pudiera ayudar también hoy a los países de la eurozona ni siquiera se ha considerado por parte del gobierno. Tras haber tenido supuestamente una buena experiencia con la austeridad misma, los alemanes creen que esa misma medicina amarga podría llevar incluso a esos haraganes griegos al éxito económico… sólo con que se aplicara sin reservas.
Pero ¿pueden? La semana pasada el parlamento griego aprobó su quinto paquete de austeridad en sólo dos años. La austeridad griega es particularmente rigurosa. Aunque Grecia se encuentra en su cuarto año de grave recesión con una caída de la producción real del 12% desde 2007, el déficit fiscal en proporción al PIB se ha reducido en siete puntos de porcentaje, un logro casi único históricamente. Pero estas medidas políticas eran contraproducentes. La ratio deuda-PIB se ha hecho pedazos, el rendimiento de los bonos del Estado ha seguido por las nubes y las medidas de confianza tanto para los negocios como para los consumidores siguen en caída libre. La tasa de desempleo se encuentra actualmente en un 21%. La gente joven es sacudida con particular dureza: el paro entre los jóvenes menores de 25 años, que era ya elevado antes de la crisis, llegó al 40% en 2011. Consiguientemente, ha aumentado la quiebra de empresas, lo mismo que las tasas de suicidio y delincuencia.
Considerablemente influida por el ministro de Finanzas germano, la solución de la troika (Comisión Europea, FMI y BCE) al fracaso de la austeridad es más austeridad todavía. Junto a la Comisión Europea y al BCE, el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, aún cree en el poder de crear confianza que se desprende de la austeridad fiscal, aunque se haya demostrado su error. Esta creencia subyace a las previsiones de crecimiento en las que se basaban las metas de reducción del déficit. Puesto que no se produjo ningún alza de la confianza, el crecimiento cayó precipitadamente y el gobierno fracasó sistemáticamente en las metas convenidas.
Todo esto era previsible, y en realidad se predijo. En un estudio de 2003 que analizaba 133 programas de austeridad del FMI, la oficina de valoración independiente del FMI encontró exactamente el mismo esquema de austeridad contraproducente provocada por subestimar los desastrosos efectos sobre el crecimiento económico.
Nada impresionados por estos hechos, los responsables de la política alemana han empezado a culpar a la ineptitud griega del fracaso a la hora de consolidar el presupuesto. Por esta razón es por lo que han propuesto a Grecia un virrey presupuestario y una cuenta adicional para los ingresos griegos dedicados a cubrir la deuda pública, bien lejos del alcance del gobierno. Puesto que los alemanes creen que haberse apretado el cinturón fue un éxito tan grande, que fracase en otros países tiene que deberse a las imperfecciones morales de esos gobiernos.
Sin embargo, tanto la fábula de las exitosas reformas alemanas como su prescripción al resto de la eurozona se basan en una falacia: la falacia de que cada país puede exportar más de lo que importa. Un vistazo más de cerca a la experiencia económica de Alemania durante la mayor parte del tiempo de su pertenencia a la eurozona revela que sólo el superávit económico impidió el desplome económico de Alemania. La mitad del pésimo crecimiento de Alemania, sólo un 1’7% de media entre 1999 y 2007 –la segunda más baja de la zona euro– se debió al impulso del superávit comercial, el cual supone, por definición, déficit de algún otro.
Lejos de constituir un mecanismo de crecimiento, las reformas de la década de 2000 deprimieron la demanda interna germana y, por tanto, las de importaciones, muy al modo de lo que hoy sucede en Grecia. Deprimieron también la demanda alemana de préstamos y redujeron los beneficios de los bancos. Al misma tiempo, las economías del sur eran la solución perfecta para los problemas económicos autoinfligidos de Alemania. Los bancos alemanes podían extender su negocio prestándoles dinero para adquirir los bienes que los alemanes ya no podían permitirse. Fabricantes y bancos quedaron contentos. Las medidas políticas alemanas de empobrecimiento del vecino sólo funcionaron porque otros acometían políticas que eran exactamente las opuestas. He aquí por qué no puede funcionar la adopción de la austeridad extendida a toda la eurozona. La demanda griega de bienes de consumo alemanes es pequeña, pero las importaciones españolas, italianas, francesas, portuguesas e irlandesas equivalen a una parte importante de las exportaciones alemanas. Las erradas políticas alemanas para la eurozona conseguirán que acabe saliendo el tiro por la culata. Europa necesita desesperadamente derrochadores perezosos. Por desgracia, nadie está dispuesto hoy en día a representar ese papel.
26/02/12
Fabian Lindner, semanario alemán Die Zeit.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón









El artículo está equivocado al describir la causa de la aparentemente buena marcha de Alemania como las reformas del anterior gobierno, la creación de un mercado de trabajo “subprime”, así como alterar definiciones de qué es estar parado y mezclar “part times” con “full times”.
La causa fundamental no es otra que la existencia del Euro y de países como el nuestro, Italia, Francia, Grecia, Portugal, Irlanda, etc que ayudan a mantener el tipo de cambio bajito y de este modo Alemania exporta más fácilmente.
Este, y no otro, es el principal factor. No debemos ocultarlo porque entonces el diagnóstico será falso..